
Soy bestia umbilical, delgada y andariega,
con un aire de pájaro en la calle.
Atado a los semaforos
por ley irrevocable.
Suelo ser atacado por mis hábitos
y por los vendedores ambulantes
que me auscultan la cara
de bar destartalado y decadente.
Amo la ciudad más que a nadie:
las calles y edificios,
noches pobladas de mamíferos
domésticos y astutos, que transitan por bares
y beben, y comen, y se ríen, y se ríen, y se mueren.
Soy bestia siempre en celo,
pájaro individual, enfermo.
Confiado ciegamente en mis zapatos,
no me pierdo un detalle de lo que está pasando, que es muy grave.
Me entristecen los hombres, me deprimen
sus orejas, sus dientes, y las blandas
extremidades; las ojeras;
y los rostros desérticos, tortuosos;
bigotes, anteojos, pelos, anillos, monedas;
cigarros defendidos contra viento y marea; el fraudulento
pudor de las camisas;
y el orgullo, ese orgullo inconcebible...
Sobre todos,
los hombres que van solos por el mundo,
unánimes espaldas, hombro, rabia.
¡ Voltear los autobuses y tocarles
las orejas a los absurdos transeúntes,
saber de abuelas suyas y de hermanas
y de la fecha atroz en que nacieron!
Cordialmente, aborrezco
a los hombres de gafas que saludan
suficientes, constreñidos,
con una mano blanda, lisa, como de nieve
y se vuelven, y mueren
de cara al periódico;
a todos los que pasan
las horas entre muros y aguardientes
perpetuando la fiesta de este mundo.
Extraña la ciudad cuando parece
no haber nadie, ni voces de Zutano o Mengano
cuando una sombra inmensa, resollando,
se descuelga de muros, y se manda a cambiar,
de una vez por todas, a un patio sin hambre;
aunque haya transeúntes
con ojos de paloma y pecho duro,
y algunos que se tienden en las calle
con un olor a muertos
y a padre avejentado por sus sueños.
Ninguna novedad hoy en la tarde.
La ciudad y su curso inevitable.
Yo, bestia umbilical, pájaro enfermo,
he de seguir de noche
atado al parpadear de los semáforos,
a la misma ciudad donde parece
ya no habita nadie.